El Árbol

Dedicatoria especial a Guillermón, Chechareo y Kuazón… y obviamente al Chuchón. Este cuento no es muy bueno, pero para mí es importante.

“Mirá para adelante, no mirés para atrás.” – Pedro Ruiz Aldana (23/06/50 – 29/12/03)

“Me voy a pintar la cara con shinola para parecerme más a ti.” – Pedro Ruiz Jr (por ahí entre 1989-1990)

Lo primero que recuerdo en esta vida es estar cayendo de un árbol. Mientras caía creo que lo vi sonreir. Agitaba sus ramas como tratando de llamar al Viento y que observara lo que acaba de acontecer.

Al caer, una Ardilla me recogió y me llevó unos metros más lejos del Árbol. Él seguía sonriendo. La Ardilla también sonreía. Ambos estaban felices. Yo estaba extasiado aunque no sabía lo que sucedía; yo era feliz también.

Cuando comencé a crecer era una ramita enclenque. Los pájaros a penas y me veían - sólo las abejas se mostraban un poco interesadas en mi. La Lluvia me mecía de vez en cuando y me encantaba acariciar la luz que se colaba entre las ramas de aquel Árbol inmenso.

Siempre me estaba enseñando “este es un Clarinero” cuando un pajarito se le posaba y le hacía cosquillas en una de sus ramas. “Estamos en Invierno, es la época del año en la que la Lluvia y el Viento discuten más; por eso es que llueve y sopla tanto; cuando seas un árbol grande como yo, tu deber será proteger a las flores y los animales que se cubren con nuestra sombra”.

Recuerdo que en uno de esos inviernos, la lluvia estuvo tan enojada que arreció contra todos los del bosque. La Ardilla se escondió en uno de los recovecos del Árbol. Pero yo, que aún era una ramita insignifcante, estaba asustadísimo. El Árbol se dobló casi por completo para cubrirme, podía escuchar que su tronco crujía y que sus raíces se safaban del suelo, pero el seguía viéndome con la sonrisa con la que me trajo a este mundo.

Cuando concluyó la tormenta, él estaba muy dañado, pero estaba feliz de que a mi no me haya pasado nada. Yo lo quería mucho. Quería ser como él y proteger otras criaturas. Conforme fui creciendo me fui sintiendo cada día más parecido a él. Yo quería protegerlo así como el me protegía a mi.

Yo ya era un árbol cuando aquel humano llegó al bosque. La Ardilla que me ayudó a nacer, me frecuentaba casi tanto como al Árbol. Ese día sentí frío en todas mis hojas y veía que el Árbol me veía de reojo, tratando de disimular su tristeza. Vi al Viento más sigiloso de lo normal y la Lluvia se escondía detrás de los nubarrones. Algo estaba mal.  Odié a ese ser humano pero sólo ese día; algo había en su semblante que se me hacía conocido y, de hecho, cada que lo recuerdo me parece una buena persona.

De pronto vi al humano sacar un hacha y todo se puso nublado. Yo sacudí mis ramas, llamaba a los animales que protegíamos, le gritaba al Viento que detuviera al leñador, levantaba la vista a la Lluvia para que hiciera algo y veía al Árbol con una sonrisa displicente. El primer golpe apenas y lo sacudió, pero el Leñador tenía paciencia, experiencia y fuerza suficientes para botar al Árbol.

Yo estuve muy triste durante muchos días. La luz adentraba justo en el lugar donde estuvo ese gran Árbol que me enseñaba a ser un grande como él. La Ardilla que él protegía se mudó a mis entrañas y yo con todo gusto la he cuidado. Pero me recuerda que alguna vez hubo un árbol más grande y fuerte que yo.

El Viento me indica siempre que tengo que dejar su partida en el pasado. La Lluvia no me contesta. Por eso cada día trato de crecer más para llegar a ella y preguntarle de una vez por todas porque no hace que resurja ése gran Árbol de entre las raíces que sé que quedan al lado mío.

Después de mucho tiempo de no encontrar razón alguna, opté por adueñarme de sus raíces. Las mezclé con las mías y así de vez en cuando siento que el Árbol está conmigo. A veces quisiera volver a ver al Leñador y que me lleve con el Árbol. Que me corte de raíz para no recibir más la indiferencia de la Lluvia ni la lástima del Viento.

Pero cuando bajo la vista y veo a la Ardilla que cuido, a las flores que se cubren con mi sombra, a la luz que tiñe el bosque cuando lo filtro con mis ramas, me doy cuenta que el Árbol me enseñó bien y creo que algún día podré decir que yo soy ése Árbol.

Desorden

Heh… después de varios meses de no escribir algo pensando específicamente en alguien, al fin encontré una persona que me está cambiando la vida. Hace casi un año, yo sólito me cambié la vida al no afrontar las cosas como hombre, y me la cambié en 2 meses. Hoy, o más bien dicho, hace 2 meses no esperaba ya ser profesional y mucho menos encontrar una persona que me haga sentir bien. Esto es pensando en ella. No me gusta mucho la forma del escrito, pero el fondo sí. Espero que les agrade :)

“When you sit next to a nice girl for 2 hours, it seems like 2 minutes. When you sit on a hot stove for 2 minutes, it seems like 2 hours.- That’s relativity” – Einstein.

Mayo 30 de Mayo de 2009 20:03

Veo todas las cosas en mi casa y no puedo evitar encontrarlas en desorden. Las reacomodo a como puedo, pensando en encontrar su lugar. Doy dos pasos atrás y las veo sin encontrar su suelo ni su techo. Me frustro y me enfado ante tanta negligencia propia. Es imposible que no pueda alcanzar el orden que le quiero dar a mi propia habitación.

Las comidas son peores. Las veo y las como sin pensar. Pueden ser los banquetes más deliciosos que se pueden encontrar, pero las engullo sin sentir y sin pensar en que las  debería disfrutar.

Luego las noches se contrastan entre lo efímero y lo eterno. Eternas cuando no concilio el sueño y efímeras cuando lo encuentro. Esta rabieta de vida me está sacando de mis casillas y no logro encontrar la forma de darle forma a todas las cosas que rodean mi vida.

Trabajo sin darme cuenta del tiempo. Trato de olvidarlo. Pero me persigue de reunión en reunión, de proyecto en proyecto, de documento en documento y ya no recuerdo qué más cosas había que trabajar.

El regreso a mi casa es tan pesado y no es que el tráfico moleste, sino que es ese pensamiento que zumba ante mi desorden tan alocado, que se vuelve una carga y que no dejo que me abandone sino hasta que entro a mi casa – sólo para encontrar ese desorden tan deshonesto que sólo yo puedo ver.

Entonces, cuando estoy en ese vaivén en el que muevo todo, desde las cosas hasta mis sentidos, desde mis sentidos hasta mis pensamientos, tocan la puerta… (qué no ven que estoy en crisis!!!).

Abro la puerta y todo vuelve a su lugar. Hasta la luz que se privó de entrar en la mañana entra y se adueña de mis cosas. Ese caos de pensamientos se vuelve una cadena tan armoniosa que ya no parece esa trenza equívoca que no se dejaba manejar durante el día.

Abro la puerta y allí estás tú. Una visita tuya bastaba para acabar con esta desesperación, que cede su lugar a una sonrisa y un beso que acaba en tu mejilla.

Mayo 30 de Mayo de 2009, 20:10