“Ser nosotros mismos, pero estar a gusto con ese ser nosotros mismos. si no estamos a gusto es que todavía no somos nosotros mismos.” – Efraín Recinos
Repica la alarma del iPhone una y otra vez a las 5:00 am. Levantarse, ducharse, vestirse. Colocarse un saco sobre una camisa de rayas y unos jeans para verse casualmente formal. Leer rápidamente la Prensa, para aterrarse cotidianamente por los 2 ó 3 asesinatos tan comunes en esta ciudad que no lo vio crecer como persona pero sí como profesional. La muerte es tan casual como los jeans que lleva puestos.
Salir antes de las 6 para evitar el tráfico, y mientras atraviesa las calles y se sumerge en la serpiente metálica de tantos carros, va observando las casas y edificios contemporáneas que son quizá más altas que las ruinas de Tikal, pero no tan imponentes ni tan ancestrales. Hace cientos de años la gente trabajaba unida. Ahora la gente unida en un río de smog no se da ni la vía.
Su memoria contrasta las construcciones en las que vive contra las casuchas multicolores que veía en el barrio de Chimaltenango que lo vio crecer. Una fiesta de colores desde azul zafiro hasta magenta chinto, coronados por tejas de barro, tejas de metal, tejas de paja.
Revive sus tiempos de estudiante, de patojo enlodado, chamuzqueando con su cuate, el Gato. Trepando paredes de adobe para hartarse un par de jocotes robados y termina viéndose en la fiesta patronal en el parque haciéndole ojitos a la Marta, su novia de trece años con la que aprendió que los deseos vienen mejor programados que los planes financieros que debe terminar antes de la reunión de las 5:30 de la tarde.
No eran ni las 7 de la mañana y ya pensaba en la reunión de la tarde. Era importantísima. Tanto como la conversación telefónica entre Santo Domingo, Dallas, Juarez y Guatemala. Había pedido a la asistente que recordara que a las 4:45 debía retirarse para una reunión más que importante.
Las rutas críticas en la clase de Programación Lineal se le venían a la mente cuando implantaba un proyecto nuevo multinacional. Le habían dado una beca en la Landívar para ser ingeniero industrial, le habían dicho que tenía la casta para ser un buen profesional. Su esfuerzo de estudiante se aplicaba en la vida real. En la vida real. En la vida real, muchas familias no comen más que tortillas y lo que les dé fe, a veces con frijoles, a veces con café.
Y él sólo pensaba en su reunión de las 5:30 de la tarde. Poner todo su empeño en su trabajo, todo su esfuerzo en su trabajo, ser honesto en su trabajo. Su conciencia social le dictaminaba dar su esfuerzo para mejorar el país que tanto amaba. Donar dinero no bastaba. Trabajar mucho no bastaba. Habría que hacer algo más pero no lo encontraba. Aún no lo encontraba.
4:45, el tráfico de regreso sobre la Roosevelt. Un par de padre-nuestros para las ambulancias que pasan empujando y pidiendo permiso a la serpiente metálica de la tarde. Toca el timbre a las 5:28 pm:
- Mami! Mami! Papa ya vino! Papi ya vino!!! –
- Sí mi’ja, tenías razón. ¿y vos por qué venís temprano? –
- Le prometí a la nena que venía a las 5:30 para comer pastel o no? ¿Cómo te fue hoy mi vida? –
- Bien papi! Miss Margarita llegó a la clase. Se cortó el pelo, pero así pelón pelón y se miraba cansada, fijate papi! Pero vení, comamos champurradas! qué bueno que viniste papi! Papi! –
El ingeniero se quita el saco, se arremanga la camisa, dobla sus 1.80 de altura, besa a la criatura que lo ve con ojos de princesa encantada al encuentro de su príncipe azul. Le tira una mirada a su progenitora, y escribe en sus labios un beso que sabe a amor, que sabe a ternura.
Guatemala tiene que cambiar, su hija merece un mejor lugar. Hay que trabajar, hay que cumplir la palabra y llegar temprano hasta para comer pan con café. Se puede lograr.

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