El Futbolista

“Te fuiste Marcelina…!!!” – Abdón Rodríguez Zea

El sonido del celular se perdía entre las olas del lago de Atitlán en Pana. Ese lago azul que lucha por sobrevivir a los pies de la montaña que no es montaña, es una serpiente que se tragó un elefante, según el Principito. La llamada lo había despertado entre la goma de la borrachera que había servido para olvidar una nueva eliminación frente a Costa Rica.

La prensa y algunos aficionados lo habían recibido en el aeropuerto la Aurora, con el clamor de un país que clama por resultados, frente a las promesas eternas que el deporte más hermoso del mundo en una federación corrupta, lanza a cada rato. Silbidos, gritos de “hijueputa morite” había sido el sonido de la bienvenida.

Venía de madrugada en su carro último modelo comprado con las entradas de los aficionados y el presupuesto del ministerio de deportes. Pasó por su Chimaltenango natal, recordó la excursión escolar a Iximché, donde no más pudo, sacó el balón y se puso a chamuzquear con su cuate el Chucho.  Juego de pelota moderno en una ciudad ancestral. Extrañó a su amigo, un ingeniero ahora, con una familia envidiable.

A diferencia de su amigo, él sí corría todo el partido, se quitaba a uno, dos, hasta tres contrarios y anotaba con naturalidad. Había cumplido 15 años cuando celebrando el campeonato con la especial de Municipal, le dieron a probar una Gallo y nunca más se quitó la costumbre de emborracharse tras cualquier partido, sea victoria, sea derrota.

Llegaba al mercado del Caminero en San Lucas, pero ni el olor característico de carne azada, rellenitos, tostadas y atol de elote, le despertaron el hambre  que había dormido junto a él. Había que llegar a la capital, el San Juan de Dios era el hospital, y pedirle a Dios que su hermano estuviera con vida aún.

Al llegar a la capital vio una valla con su foto celebrando el gol frente a México en aquel empate histórico que valía la clasificación a la segunda vuelta. Recordó el olor del pasto del Mateo Flores y el rugir de la afición ante los toques de la selección. Se sabía habilidoso, se sacaba bicicletas de la chistera, sombreritos de los pies y todas las jugadas que hacía cuando jugaba con en las canchas municipales de Chimal.

Ahora la vergüenza no le servía, nunca le había servido. La goma lo mataba, nunca lo perdonaba. Pero la madrugada moría como la ilusión de ir a otro mundial. La afición lo había odiado tanto que en el barrio donde vivía su medio hermano, su hermanito de quince años, lo buscaron y le atestaron un par de balazos pensando que era el Gato, el delantero estrella llamado a salvar el honor añejo del futbol nacional.

Lo habían llamado de madrugada. Así tempranito, como cuando el profe lo había llamado la primera vez para portar al azul y blanco. El fútbol había sido su vida; ahora le quitaba la vida a su hermanito. Lo mejor sería llevárselo a Estados Unidos, pero las visas no las regalan.

Sentía basca de goma. Sentía basca de vergüenza. Sentía basca de impotencia. Mejor haber estudiado mate con el Chucho. Quizá tendría una esposa y un par de hijos. Pero su mente no le daba alcance a los números como sus pies al balón.

Guatemala llora de decepción. Una nueva desilusión. Un nuevo golpe a la afición. A veces toca ser el delantero que mete el gol de la victoria. A veces ser el portero y sacar la pelota de la red. Guatemala se ahoga en su propia sed.


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