“El pueblo subía a la conquista de las montañas, de sus montañas, al compás del Torotumbo. En la cabeza, las plumas que el huracán no domó. En los pies, las calzas que el terremoto no gastó. En sus ojos, ya no la sombra de la noche, sino la luz del nuevo día. Y a sus espaldas, prietas y desnudas, un manto de sudor de siglos. Su andar de piedra, de raíz de árbol, de torrente de agua, dejaba atrás, como basura, todos los disfraces con que se vistió la ciudad para engañarlo. El pueblo ascendía hacia sus montañas bajo banderas de plumas azules de quetzal bailando el Torotumbo.” – Torotumbo , M.A. Asturias.
Con los ojos entreabiertos, con el codo en una mesa y sobre la palma de su mano la inmensidad de su rostro, con el cansancio pesando desde sus hombros hasta sus párpados, la doctora visualizaba dos realidades, una pasada y una presente.
En la pasada se escuchaba riendo junto a sus compañeros de estudios, la bata blanca estaba en su casa puesto que ella llevaba botas y shorts. Sus pasos seguros y flexibles ante la irregularidad de las faldas del Pacaya, le daban paso a sí misma mientras su boca daba paso a un tropel de risotadas y bromas con sus amigos médicos. El cielo grisáceo cubría a la patojada que iba feliz y contenta de no estar en turno, haciendo bromas de qué iban a beber al bajar el volcán, y el manto negro volcánico los hospedaba como si fuese el mismo volcán quien los movía y no ellos con toda su juventud y alegría. Alrededor el típico bosque del altiplano, con tonos verdes y el olor a tierra mojada.
Llegando al cono en este sueño que remembraba una de sus vacaciones, los pasos se daban más pesados, más profundos. La arena impedía dar pasos en concreto y había que sobre esforzarse para poder avanzar. Una imagen que le recordaba las múltiples noches de insomnio voluntario, donde las cosas parecían difíciles, donde aprenderse los nombres de los nervios del sistema nervioso se hacía pesado, aprenderse las estructuras citoplásmicas una tarea muy compleja y aburrida, o las patologías de la epidermis un proceso por demás innecesario. Pero así como en el volcán había logrado subir al cono, así en su carrera había logrado cerrar el pensum.
La bulla, la interminable bulla de las ambulancias en el San Juan de Dios la sacaba de su trance. Levantaría su cabeza que le pesaba como todo su cuerpo. Eran apenas las 4:30 am y las emergencias no duermen. Sintió rugir todo su sistema gastrointestinal y se recordó que apenas se había comido un par de tortillas con chicharrón y salpicón donde doña Mela en el Mercado Central. Recordaría que estaba tan acostumbrada a las emergencias que prefería el bullicio de agonizantes al de los marchantes en el mercado. Pero se fascinaba con la cantidad de color que le salpicaba aquel mercado sepultado lleno de vegetales, legumbres, de tanatales de güipiles y el montón de chapines gritándose para ponerse de acuerdo en cuánto se dejaban la mano de limón.
Se colocó la bata, el estetoscopio y se vio en la muñeca la pulsera que el esposo de la maestra con cáncer le había regalado, cuando le había tocado estar en la unidad de oncología del Roosevelt y recordó que la gratitud humana se expresa de varias maneras, y la chapina con regalos que van desde canciones hasta pulseras.
Vio en la sala de emergencias a un patojito de quince años, con “cuatro heridas de arma de fuego, recibidas en la caja torácica” según el reporte de los bomberos voluntarios. Lo vio y sintió la agitación de la respiración del adolescente y sus ojos suplicantes que le gritaban que lo salvara, que él no tenía la culpa. Por alguna razón le pareció conocido el muchacho ¿dónde lo habría visto? Reconoció que ahora la respiración agitada provenía de ella misma y no del herido. ¿Era un futbolista? No, es demasiado patojo para serlo… pero le parecía conocido.
Le inyectó morfina, lo llevó a operaciones, le abrió las heridas, sacó las balas, sacó agallas, ¡no moriría otro guatemalteco! No más, Guatemala no más! Con todas sus fuerzas, con todas sus agallas, contuvo su emoción. Le encantaba su profesión. Le llenaba de vida salvar vidas. Le mataba la vida ver tanta herida. ¿Por qué? Es sólo un niño… no tiene tatuajes, ¿será un pandillero? No importaba. Hay que salvar a Guatemala. Aunque sea un guatemalteco a la vez.
Después de la operación, de – una vez más – luchar contra la muerte, se enfrentaría a la familia. Se encontraría con un futbolista famoso, con los ojos vidriosos que aparentaban llanto de la agonía, pero no de su hermano que casi moría, sino de la goma que no se le extinguía. Le explicaría qué le habían hecho a su hermano, cómo había sido operado, cómo había sido salvado.
Un chapín más. Guatemala derrama sangre en todo su altiplano. Unas veces son güiros, otras veces son mamás, otras veces son pasajeros de bus, otras veces son unos cuantos, otras veces somos todos. No importa, Guatemala somos todos. Alguien tiene que parar la sangre. La doctora salvaría a Guatemala, aunque fuese un guatemalteco a la vez, la esperanza no se muere, se hiere pero no se detiene, aunque fuese uno a la vez, Guatemala tiene que salvarse.

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Me gusta mucho el estilo! Casualmente andaba con un amigo doctor y se mataba de la risa de tu descripción tan atinada…
Me encanta el mensaje de cierre! Lindo chuchini!!!